• 22 agosto, 2026 11:46 am

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Diez minutos de furia borraron la fiesta: la final de la Copa 2025 terminó en una batalla campal en el Atanasio.

Diez minutos pueden ser nada… o una eternidad. En el Atanasio Girardot, tras la final de la Copa 2025, esos diez minutos bastaron para convertir una fiesta histórica en un escenario de terror, cuando los hinchas del DIM y Atlético Nacional protagonizaron violentos desmanes que obligaron a cancelar la celebración del título y a evacuar jugadores, árbitros y personal logístico.

Lo que empezó como un espectáculo digno de una gran final —con pólvora, cánticos y tribunas teñidas de color— terminó en una batalla campal en la gramilla, especialmente en el sector occidental del estadio. Hinchas de la tribuna popular del Medellín avanzaron desde el norte, mientras aficionados de Nacional corrieron desde su gradería para enfrentarlos. Volaron vallas, palos, patadas y todo objeto que se atravesara, incluida la nevera que contenía el hidratante de los futbolistas.

La violencia escaló a niveles alarmantes. Algunos aficionados portaban tubos de PVC como si fueran puñaletas, y en varios videos quedó registrado el uso de objetos corto punzantes. Ante el descontrol, fue necesaria la intervención de la Unidad de Diálogo y Mantenimiento del Orden (UNDMO), antes Esmad, que utilizó explosivos controlados para dispersar a los grupos que ya habían sobrepasado la mitad de la cancha.

La consecuencia fue inmediata y simbólica: se canceló la celebración del campeón. Atlético Nacional, como ya le había ocurrido en 2024 en Cali, no pudo recibir la copa en el campo. Sus jugadores tuvieron que refugiarse en los camerinos, mientras los hinchas esperaban en las tribunas, cantando, pero rodeados de un ambiente tenso y vigilado.

El caos obligó a futbolistas de ambos equipos y al personal de logística a huir de la cancha, ante el temor de que la violencia se saliera aún más de control. La final ya había terminado, pero el partido más peligroso apenas comenzaba.

No hay un punto exacto. En varios sectores del estadio se registraron enfrentamientos aislados cuando el partido estaba por terminar. Sin embargo, los hinchas del DIM ubicados en la parte baja de la tribuna norte fueron quienes manifestaron con mayor ímpetu su inconformidad por el resultado.

Antes incluso de que Wilmar Roldán pitara el final, comenzaron a descolgar banderas, tumbar vallas y lanzar palos y objetos hacia la cancha. El personal de logística empezó a correr, anticipando una invasión. Tras el pitazo, los jugadores del Medellín se retiraron de inmediato a camerinos; los de Nacional intentaron celebrar rumbo a la tribuna sur. Fue entonces cuando el estadio estalló.

La Policía intervino en norte y oriental, donde se registraron peleas que duraron varios minutos. En medio de esa confusión, un grupo de hinchas del DIM se desplazó hacia occidental, intentando llegar a la cancha. No lo lograron, pero el daño ya estaba hecho: el enfrentamiento masivo paralizó el estadio, dejó heridos —aunque sin cifras oficiales— y sembró el miedo entre miles de asistentes.

Tras la intervención policial dentro del estadio, hubo una breve sensación de calma. Sin embargo, los disturbios continuaron en el exterior. Casi una hora después del final del partido, el UNDMO tuvo que lanzar gases lacrimógenos para dispersar a los grupos violentos en los alrededores del escenario deportivo.

El contraste fue brutal. Desde temprano, Medellín vivía una fiesta: Nacional en la 70, el DIM en el sector del Obelisco, filas interminables para ingresar al estadio y un inicio del partido retrasado por la competencia de pólvora entre ambas hinchadas. El espectáculo previo fue deslumbrante, casi cinematográfico. Durante el juego, las tribunas se comportaron, cantaron y alentaron sin mayores incidentes.

Ahora, el fútbol colombiano enfrenta otra resaca amarga. Se esperan sanciones severas para ambos clubes por parte de las autoridades civiles y deportivas, que podrían incluir cierres de tribunas, partidos a puerta cerrada e incluso afectaciones en competiciones internacionales.

La Copa 2025 ya tiene campeón, pero la imagen que quedó grabada no fue la del trofeo, sino la de un estadio convertido en campo de batalla, donde diez minutos de furia sepultaron una fiesta que prometía ser inolvidable.

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