• 23 agosto, 2026 12:03 pm

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“El Tolima me abrió las puertas que nadie quiso abrirme” Ingrit Valencia.

Escrito por Mauricio Rayo, apoyo Lorena Ospina

El nombre de Ingrit Lorena Valencia despierta orgullo en Colombia. Una mujer que ha conquistado el boxeo mundial con medallas y reconocimientos: bronce olímpico en Río 2016, diploma olímpico en Tokio 2020, campeona en los Juegos Bolivarianos de Valledupar y en los Suramericanos de Asunción. Pero detrás de cada triunfo hay una pelea que no aparece en los registros oficiales: la de su propia vida.

Ingrit nació en 1988 en Morales, Cauca, un pueblo de cafetales y montañas donde la infancia se vivía a caballo, entre juegos sencillos y la compañía amorosa de sus abuelos Aurora y Julio. Allí aprendió valores que aún conserva: el respeto, la gratitud y la resiliencia. Esa niñez la fortaleció para los caminos que vendrían, aunque más tarde la vida la llevaría a Cali, a un escenario urbano completamente distinto.

En la capital del Valle encontró en el deporte una vía para canalizar su energía y alegría. El fútbol fue su primera pasión. Tanto, que llegó a vestir la camiseta de la Selección Valle a los 17 años. Pero las dificultades económicas frenaron su camino: sin guayos ni uniforme, tuvo que dejar atrás el sueño.

El boxeo apareció entonces como una alternativa inesperada. Al comienzo no la convencía del todo, pero pronto descubrió que aquel gimnasio era un espacio donde podía transformar su carácter en disciplina. Con cada golpe al saco, la niña de Morales encontraba un nuevo lenguaje para expresar su fuerza interior.

A los 17 años, Ingrit se convirtió en madre de Jhojan, su motor y su inspiración. La maternidad no fue un obstáculo, sino un impulso. Con jornadas que parecían imposibles, combinaba trabajo, estudio y entrenamientos. Salía de la fábrica a las cuatro de la tarde y se iba directo al gimnasio, sin excusas. Esa rutina forjó en ella una resistencia que, años después, se reflejaría en sus peleas internacionales.

En 2010, una convocatoria en Ibagué cambió su rumbo. Llegó con la ilusión de medirse en un nuevo escenario y terminó encontrando algo más: un hogar. En el ring ganó una pelea decisiva y llamó la atención del entrenador Raúl Ortiz, quien no dudó en decirle que tenía talento para grandes cosas. Le puso una condición clara: quedarse cuatro meses en concentración.

No fue fácil. Ingrit pensaba en Jhojan, en cómo atenderlo desde la distancia, en lo incierto de dejarlo todo. Pero eligió la oportunidad. Ese mismo año obtuvo medalla de bronce en los Juegos Suramericanos y comenzó a escribir su nombre en el mapa del boxeo internacional.

El Tolima le ofreció algo que no había encontrado en otro lugar: confianza. Allí no solo consolidó su carrera, sino que también halló en la familia Ortiz una guía y un afecto que la marcaron para siempre. Con Raúl, su entrenador y compañero de vida, construyó un equipo dentro y fuera del ring.

Él la describe con cariño: “Es alegre, disciplinada, una excelente cocinera. Sus especialidades son la comida de mar y la cocina criolla. Y aunque cualquiera pensaría que entrena con música fuerte, en realidad prefiere las baladas de Marco Antonio Solís o Leo Dan”. Ese retrato muestra a la otra Ingrit, la mujer que canta mientras cocina, que baila y que disfruta de los pequeños momentos.

Los títulos han sido muchos, pero ella insiste en que lo más importante es su hijo Johan. “Él es mi mayor triunfo”, repite. Cada logro deportivo lleva grabada la motivación de darle a él un futuro distinto. Quizá por eso la canción Los techos de cartón, de Marco Antonio Solís, la conmueve tanto: le recuerda de dónde viene y por qué lucha.

“Mi mamá es una persona maravillosa, ella me trata de inculcar siempre la responsabilidad, pasar buen tiempo con la familia… Mi plato favorito siempre me lo prepara ella en mis cumpleaños: lentejas ahumadas. Siempre me aconseja que la mirada debe ir arriba, que a pesar de la derrota debo levantar la frente” expresa Jhojan ya con 19 años de edad.

Hoy, Ingrit sigue entrenando con la misma pasión que la llevó a lo más alto del podio. Su historia no es la de una víctima ni la de alguien que tuvo suerte, sino la de una mujer que convirtió las adversidades en energía para levantarse una y otra vez.

“El Tolima me abrió las puertas que nadie quiso abrirme. Aquí me quedo”, afirma con orgullo. Y en esa frase está la esencia de su legado: las peleas más importantes no se ganan con los puños, sino con el corazón.

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