El pulso entre Irán y Estados Unidos volvió a tensarse peligrosamente este jueves. Mientras las conversaciones nucleares se tambalean, ambos gobiernos recurrieron a una demostración de fuerza que recuerda la vieja “diplomacia de cañoneras”: Teherán activó maniobras militares junto a Rusia y Washington desplazó el portaaviones USS Gerald R. Ford hacia el Mediterráneo.
El mensaje es claro: si fracasa la vía diplomática, la opción militar está sobre la mesa.
A comienzos de semana, Irán inició ejercicios con fuego real en el estratégico estrecho de Ormuz, paso obligado de cerca de una quinta parte del petróleo comercializado en el mundo. La señal encendió las alarmas en los mercados y en las capitales occidentales.
El jueves, fuerzas iraníes y marinos rusos ampliaron las maniobras al golfo de Omán y el océano Índico, según reportó la agencia estatal IRNA. Los ejercicios, orientados a “mejorar la coordinación operativa”, incluyeron avisos a pilotos en la región por posibles lanzamientos de misiles antibuque.
Aunque en años anteriores China participó en el ejercicio “Cinturón de Seguridad”, esta vez no hubo confirmación oficial de su presencia. No obstante, en el puerto militar de Bandar Abbas fue visto un buque que parecía una corbeta rusa clase Steregushchiy, reforzando la imagen de un eje militar cada vez más visible.
En paralelo, datos de seguimiento marítimo mostraron al USS Gerald R. Ford frente a la costa de Marruecos, lo que abre la posibilidad de que cruce Gibraltar y se posicione en el Mediterráneo oriental junto a destructores de misiles guiados.
La presencia del portaaviones no implica un ataque inminente, pero sí otorga al presidente Donald Trump la capacidad operativa para ordenar una acción militar si así lo decide. El Pentágono ya desplegó buques en la zona durante la guerra entre Israel y Hamás para contener posibles respuestas iraníes.
Trump elevó el tono en su red Truth Social, insinuando el uso de bases estratégicas como Diego García y el aeródromo de Fairford en caso de que Teherán no alcance un acuerdo. Sus declaraciones también presionaron al Reino Unido en medio de disputas geopolíticas más amplias.
La tensión externa coincide con una creciente presión interna sobre el régimen iraní. Las ceremonias por los fallecidos en las protestas —celebradas 40 días después de su muerte, como dicta la tradición— se han convertido en nuevos focos de desafío político.
En el cementerio Behesht-e Zahra de Teherán, testigos reportaron consignas contra la teocracia mientras se entonaban canciones nacionalistas. Las manifestaciones comenzaron el 28 de diciembre en el Gran Bazar, impulsadas inicialmente por el colapso del rial, y se intensificaron tras llamados del príncipe exiliado Reza Pahlavi.
El gobierno iraní reporta 3.117 muertos en los disturbios. Sin embargo, la organización Human Rights Activists News Agency, con sede en Estados Unidos, cifra las víctimas en más de 7.000, un dato que, de confirmarse, evidenciaría una represión de proporciones alarmantes.
El mundo observa mientras el Golfo Pérsico vuelve a convertirse en el epicentro de un pulso que podría redefinir el equilibrio de poder en Oriente Medio.
